Tuviste 7 años y ya sabias que el mundo estaba al revés,
A los 15 te convertías
en el ser más monstruoso que tu existencia podía experimentar,
A los 22 todavía te
enamorabas como síndrome de enloquecimiento y entrega de corazón sin coraza,
A los veintitantos, (que ya no se pueden exponer en público
porque en cada cumpleaños tus amistades se darían cuenta de tu verdadera edad)…
a esa edad, te das cuenta que es verdad:
Que el mundo está al revés, pero tenemos remedios personales
para combatir la guerra de las discordias, con pequeños detalles que antes no
percibíamos. Porque cosa que se aprende con los años, son los pormenores que
ayudan a sacarle jugo a cualquier circunstancia. Como el efecto mariposa (ya
saben de qué hablo…)
Pero también nos damos cuenta que ya no somos monstruos, que
somos unas bestias en medio de mas bestias. Todos metidos en este globo de agua
y tierra, cada cual intentando sobrevivir, de presumir, de igualar, de superar,
de expresar, de caminar, de embriagar, de pecar y de empatar. Porque así somos,
terribles, llenos de esperanzas, y de susceptibilidades. Y ya hemos comprendido
a no esperar nada de nadie, por eso es que a los veintitantos años, ya no nos
enamoramos como síndrome de pubertad y dependencia. Ahora nos enamoramos con
criterios (jaja). Quién diría que algún día diría esto, pero a quien no le ha
tocado la tusa de 3 meses y luego obtener como recompensa un corazón de
piedra?. A quien no?
Aunque a esta edad ya no es tan fácil enamorarnos, eso de
volar en las nubes y ver luces de colores esta como difícil con tanta noticia
indecente en la tv., con tantas cosas
por hacer, con tantos pendientes, con
tanto trabajo, tanto estudio, con tanto de todo y tan poco de lo importante.
A esta edad ya no nos enamoramos como en Padres E Hijos, ya
no nos entusamos como quinceañeras… a esta edad
nos acostumbramos a superar los obstáculos, a comprender que este mundo está
repleto de bestias, y que somos felices con
los detalles (pendejadas) del día a día. A esta edad está claro, que la
dependencia emocional es un mito enterrado hace tiempo, que las oportunidades
se aprovechan y que lo que funciona y no funciona, son cuestiones de gratitud;
bien sea que las cosas terminen bien o mal. Igualmente, se sacan experiencias
provechosas de cada camino que se ha tocado sembrar.
Y es verdad, a los veintitantos, ya no se puede decir la
edad en público, que dirían las generaciones que se graduaron contigo en el
colegio, o la gente de la universidad que te ve pasar por la calle y lo único
que se te pasa por la cabeza es el maldito miedo al comienzo de la llamada edad
madura, esa, en que te salen patas de gallina y si no has encontrado tu “macho”
hasta los 30, te empezaran a llamar solterona.
Pero que importan los años de experiencia… que importa que
tu metabolismo no sea el mismo de hace 10 años, que podías comer cuanto
quisieras y jamás lo verías reflejado en
la balanza. Qué importa que ya no te enamores con tanta facilidad, que ahora
andes con coraza y que en el rato menos pensado PUM!. Como todo en la vida, las cosas pasan cuando
menos las esperas, eso también lo aprendes con los años, así como no se espera
nada de las bestias, tampoco se debe esperar nada del espacio. Sin embargo,
siempre existen excepciones; puede que resulte que termines un día de estos con las
feromonas incrustadas en el “airesito” del amor, y nadie más te reconozca en la
calle. Porque eso sí, cuando te englobas con una bestia, te volvés una bestia
(casi literalmente).
La idea esta básicamente en querer sin enfermar, en amar sin cohibir, en compartir sin esperar, en aprender sin desquitar, en valorar sin perder, en confiar sin cegar, en luchar sin terquedad.
Quizás a esta edad todavía no se ha aprendido a combatir
las duras luchas que se avecinan para terminar de completar el cuadro psiquiátrico
perfecto, pero ya bastante haz involucrado como para saber que ya no te meten facilmente los
dedos a la boca.
A menos que como dije, que te enamores… y PUM!.
Fixmoon



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